Thessa tenía razón, en ese pueblo todo estaba cerca de todo. Llegué en pocos minutos a la pizzería donde trabajaría esta vez, la cocina se me daba bastante bien y era algo que me gustaba, por mucho que Thess dijera que mi comida sabe a pelos de pollo chamuscados, *tss, que sabrá ella, que bebe sangre*.
La fachada era de color blanco, escarchada, tenía pinta de ser bastante vieja y desde la mitad, hasta el
suelo, estaba tapizada con una hilera de ladrillos de un color rojo sucio. Entré con cinco minutos de antelación, no quería llegar tarde el primer día, además, estaba muy ansioso por empezar.
-Buenos días jovencito, tú debes de ser el nuevo.
Un hombre mayor, de unos sesenta años, con pelo cano y encorvado por el peso de la edad, salió de detrás de la puerta que parecía dar a la cocina, pues ya se percibían los primeros olores de un horno recién encendido.
-Así es -asentí.
-Muy bien, muy bien, pareces un chico joven. -el anciano no paraba de mover la cabeza de arriba a abajo, mirándome con curiosidad- Yo soy Adriano -dijo con una pizca de acento italiano mientras me tendía la mano- soy tu jefe.
Cogí su mano arrugada y la estreché, no con mucha fuerza, pues me daba miedo hacerle daño. Tenía la piel apergaminada y suave, tan suave que parecía seda.
-Encantado yo soy...
-Blah, blah, blah -el viejo me calló, moviendo la mano espasmódicamente de un lado a otro restando importancia a lo que iba a decir-. Ven que te enseñe el local, muchacho.
*No sé que me va a enseñar, si todo se ve desde la puerta*. Pasamos por entre las mesas redondas de color negro, cinco mesas exactamente *no creo que venga mucha gente*, la ilusión por mi trabajo nuevo iba descendiendo. Me guió por detrás de la barra, que a diferencia de las mesas, estaba bastante sucia, para pasar dentro de la cocina cuando... *wuaaaaau*. Una chica, rubia, con media melena, una camiseta ceñida a su cinturita de avispa metida por dentro del delantal con el nombre de la pizzería. Era guapísima.
-Hija, este es el chico nuevo, se llama.... -el hombre me miró con una interrogación en su rostro- ¿Cómo me dijiste que te llamabas, muchacho?
-Caleb, me llamo Caleb -me apresuré a decir.
No podía apartar los ojos de aquella belleza, era como una musa y se estaba acercando.
-Hola, ¨Caleb, me llamo Caleb¨ -se burló con una sonrisa en sus labios mientras acercaba su rostro al mío para darme dos besos- yo soy Ángela.
No sabía qué contestar, mi mente se había quedado en blanco. Yo quería contestar ¿por qué no era capaz de contestar? *Genial, acabas de quedar como un completo imbécil*. Ya que las palabras se negaban a salir de mi boca, al menos reaccioné a tiempo para corresponderle los dos besos *debe de ser una costumbre italiana*. Al igual que su padre, Ángela tenía ese precioso acento italiano que a Adriano no le sentaba nada bien.
-Esta es mi hija, Ángela, trabajará en la cocina, haciendo los pedidos mientras que tú, te encargarás de atender las mesas -explicó el hombre, dirigiéndose a la salida con un paso torpe y lento- y de las entregas en caso de que haya que hacer alguna.
-Pero.... yo creía que me encargaría de hacer pizzas, la masa y bueno, usted ya me entiende.
-Já.
Eso fue lo último que dijo antes de salir de la estancia. Definitivamente, mis ganas de trabajar se habían esfumado completamente.* ¿Servir mesas? Pero yo no quiero servir mesas*.
-Disculpa a mi padre, a veces es bastante borde, por la edad y esas cosas, ya sabes.
-Sí -asentí mirándola- ya sé.
-Bueno, yo tengo que empezar a pelar tomates y eso, -cogió un par de una cesta debajo de la encimera- te sorprendería lo temprano que alguien puede pedir una pizza o un panini. Tú deberías ir limpiando la barra y las mesas, pronto empezará a llegar gente a comprar el pan. ¿Sabes? también vendemos pan.
-Ya, sí, bueno... -en esos momentos no sabía que hacer- ¿dónde hay una bayeta o un trapo?
-Debajo de la barra tienes una, de color amarillo y allí -señaló a la esquina, al lado del gigantesco horno de ladrillos y cemento con forma abovedada- tienes para humedecerlo.
-De acuerdo.
Ahí acabó la conversación. Me dirigí a coger el spray con un líquido azul en su interior y salí de la cocina. La bayeta estaba un poco pegajosa y bastante asquerosa. No era este el concepto del nuevo trabajo que tenía, desde luego.
-Menuda la que me espera- susurré.
La hora de la comida había llegado y Betsi no se había separado de mi en toda la mañana ¿a ver cómo le explicaba yo, que después de cuatro horas de clases, no tenía hambre?
Nos sentamos en una mesa rectangular, en la fila del centro de la parte izquierda, justo al lado de la ventana, por donde se veía el aparcamiento. Betsi sacó de su fiambrera un sanwitch de, lo que parecía oler, pollo con mahonesa un poco pasada *Iug*. Arrugué la nariz con asco al ver el color marrón del pan, ese color no debería ser normal.
-¿Quieres?- ofreció- es pan integral, por eso el color y lleva pollo y mahonesa.
-No gracias- rechacé- no tengo hambre.
-Como veas- comentó, haciendo un gesto de indiferencia mientras se llevaba la comida a la boca.
-¡Hola chicas!
Un chico, no más alto que yo y de complexión delgada, con un flequillo puntiagudo de color morado que le caía sobre el ojo derecho haciendo que quedase oculto a la vista de los demás, se sentó al lado de mi compañera con aire sonriente.
-Betsi, chica nueva -sonrió.
-Se llama Theressa -contestó la chica con la boca llena- para los amigos: Thess, Thessa, Thessi...
-Sí -asentí- pero como ella dice, para los amigos.
-Oh, lo seremos muy pronto, encantado, yo me llamo Nathe.
-Seh....
Normalmente, cuando llegaba a un lugar solían tratarme como al bicho raro y ahora, que no pretendía conocer a nadie, se presentaban solos, encima me habían tocado estos dos, muy raros, pero parecían majos.
-Oye Bets, ¿vas a venir a la convención de esta tarde? -preguntó Nathe.
-¿Hay esta tarde una convención? -al parecer, por su cara, no tenía ni idea de a lo que el chaval se refería.
-Sí, esta tarde tocan los vampiros ¿fantástico, verdad?
-¿Convención de vampiros? -*genial, encima son de esos frikis que se piensan que los vampiros existimos y que es guay jugar con nosotros*.
-Sí - sacó un yogurt desnatado de su mochila, con una cuchara de plástico, de las de usar y tirar- el ¨grupi sobrenatural¨ nos solemos reunir un par de días a la semana para debatir este tipo de cosas. ¿Quieres venir? Está bastante bien, es divertido.
-Eh... ya -dudé- no lo dudo, pero no creo en esas cosas. Son cosas que se inventan una panda de frikis para pasar el rato.
-¡Eh! ¿Nos estás llamando frikis? -preguntó ofendida Betsi.
-Sí, bueno, sin ofender.
-Ya, claro... -sonrió Nathe.
Observé como comían. Era algo que siempre me había resultado gracioso, los humanos eran los únicos animales que comían sin tener hambre, dormían sin tener sueño y bebían sin tener sed, era algo fascinante. Yo en cambio, solo tomaba dos litros de sangre al día, uno por la mañana y otro por la noche y la comida, cuando me entraba hambre.
Las puertas de la cafetería se abrieron para dejar paso al grupo de jugadores del equipo del instituto. El capitán, *cómo no* iba en cabeza. Cuatro chicos con las mismas sudaderas azules, con rayas blancas a los lados y un gallo con guantes de boxeo en la parte trasera *menuda mascota hortera ¿un gallo? ¿enserio?*. En los otros institutos donde había estado tenían mascotas que aunque cutres, no eran tanto como un gallo con guantes de boxeo, los había visto de leones, pumas, tiburones.... incluso yo formé parte del equipo de animadoras en el de los tiburones, pero... ¿un gallo boxeador?.
-Thsss ¿esa es la mascota del equipo? -no pude evitar reírme a carcajadas.
-Sí, es una horterada -me respondió Nathe sin tan siquiera mirarme.
-Ya te digo -puse los ojos en blanco, en un gesto de aprobación.
-Sí, chicos, estoy de acuerdo con vosotros, pero callaros, vienen hacia aquí -advirtió Betsi.
Así era, los cuatro chicos vestidos de la misma forma, se dirigían hacia nosotros. Uno de ellos, el que iba en cabeza, se paró a mi lado, inclinándose para quedar cara a cara, apoyando sus manos en la mesa. Ni siquiera advirtió que Betsi y Nathe estaban allí. Estos se irguieron en sus asientos, quedándose sin respiración. *Parece que esto no ocurre muy a menudo, a ver qué leches me quiere el gilipollas este*.
-Hola monada, yo soy Derec - me dijo, con una sonrisa de suficiencia.
-Ey.
-¿Eres la nueva no?
-Ajá.
-¿Cómo te llamas?
-Theressa. -Aquél gilipollas no parecía darse cuenta de que me importaba lo más mínimo cómo se llamaba.
-Y ¿qué te trae por aquí?
-¿De verdad? -levanté una ceja, era puro instinto- No sé, ¿tú que haces en un instituto? No, espera, no respondas.- Levanté la mano para callarle antes de que pudiera pronunciar una sola palabra.- No me importa.
-Vaya, es una chica dura -observó un chico moreno detrás de su capitán.
-Sí, así es y estáis molestando a esta chica dura, que está comiendo con sus amigos, a si es que bye.
Nunca me habían caído bien esos tíos, con aires de superioridad que se creen que son lo mejor y que tienen a todas las chicas tras de sí. Este, se volvió a incorporar e hizo un gesto con la cabeza para indicar a su séquito que se marchaban, no antes de dedicarme una sonrisa y decir esa típica frase para ¨quedar bien¨.
-Ya nos veremos.
-Sí, cuidado con la puerta al salir.
Por la cara de extrañado que puso, no sabía a lo que me refería, pero yo sí. Me concentré en la puerta, visualicé cómo se movía hacia dentro y justo cuando Derec iba a salir, la puerta se movió en su dirección pegándole un golpe en la nariz. Toda la estancia comenzó a reírse a carcajadas, otros tenían la boca en forma de ¨o¨, no se podían creer que el chico más popular hubiese quedado tan en ridículo.
-¿Cómo ha pasado eso? -me preguntó Nathe con cara de extrañado.
-¿El qué?
-Le has dicho que tuviera cuidado con la puerta y ¡zahs! la puerta le ha dado con toda la cara.
-Al entrar me fijé que estaba rota.
-No, no está rota- Betsi movía la cabeza de un lado a otro, sin creerse mi comentario.
-Sí, sí que lo está. Bueno, que más da, el caso es que ese capullo ha quedado en ridículo.
-Ni siquiera lo conoces para decir que es un capullo -apuntó Betsi.
-Bets, el hecho de que estés coladita por él, no significa que no sea un capullo, además, he conocido a otros como él.
-¡No estoy coladita por él!
-Oh, sí que lo estás queridísima miga -me respaldó Nathe- sí que lo estás.
Entré en el coche y cerré de un portazo, quería salir de allí cuanto antes, dabía de admitir que para ser el primer día, no había estado tan mal, pero quería llegar a casa, tumbarme en el sofá y meterle una paliza en la Play a Caleb.
-Si vuelves a darle otro portazo así a tu coche, vas a hacer la puerta giratoria.
-Arranca ya, por favor -le ordené poniéndome el cinturón- necesito salir de aquí.
-Mi día no ha sido tan bueno - metió la llave en el contacto, encendiendo así el motor- pero te recuerdo que hoy tenemos una sesión intensa de entrenamiento.
*Mierda, el entrenamiento, ya no me acordaba ¡Joder!* Cuatro veces por semana, Caleb y yo nos entrenábamos. Primero salíamos a correr, él siempre intentaba ganarme, aún no se hacía a la idea de que no se puede adelantar a un vampiro que dispone de súper-velocidad, pero aún así, él lo intentaba. Luego ¨luchábamos¨ un rato y por último yo le enseñaba cómo matar a un vampiro o al menos, a evitar que el vampiro te mate a ti.
-¿No lo podemos dejar para mañana? -supliqué con mis manos unidas, haciendo pucheros- Hoy no estoy de humor para entrenar, bueno, estamos. Tengo un plan mejor, sentarnos en el sofá, tapados hasta las cejas y jugar a la Play hasta que caigamos rendidos. Suena mucho mejor.
-Thess.... -*ahí viene la reprimenda*- Está bien.
-¿Ya? -pregunté confusa- ¿No te haces de rogar? Normalmente tengo que hacerte promesas, que nunca cumplo, chantajearte, utilizar la coerción..
-¿Que? ¿¡Usas la coerción conmigo!? -gritó con cara de pocos amigos- ¡Me prometiste que nunca lo harías!
-Que era broma, relájate -le tranquilicé mirándole con una sonrisa- Además, llevas agua bendita en tu pulsera, sabes que mientras la lleves encima, no puedo hacerlo.
Algo que muchos libros de fantasía tenían de verdad, eran los tópicos del agua bendita y las iglesias, bueno, podía entrar en una iglesia, pero normalmente aquello no acababa bien, a las pocas horas acababa encamada, con sarpullidos por todo el cuerpo y vomitando sangre, algo no muy agradable de ver, pero el agua bendita nos quemaba la piel, era algo temporal, hasta que se nos cura a los pocos segundos, pero un vampiro tampoco puede ejercer el control mental sobre alguien que lleva ese agua sagrada encima.
-Bueno, ¿me vas a contar por qué tu día no ha sido ¨tan bueno como esperabas¨?
-¿Te acuerdas que te dije, que había encontrado un trabajo en una pizzería?
-Ajá.
-Pues trabajo haciendo recados y limpiando mesas.
No pude contener la risa. Caleb, ¿mi Caleb limpiando mesas? Pobrecillo.
-¡Eh!- soltó el volante, ofendido para pegarme un golpe en el brazo.
-¿Qué? -no podía parar de reír- Lo siento, es solo, que me ha ha hecho gracia.
-En fin... y tú ¿qué tal tu día? Parecías enfadada.
Por fín habíamos llegado a casa. Caleb le dio al mando que abría el garaje comunitario para abrir la puerta y poder pasar. El interior estaba oscuro y olía mucho a humedad *no me extrañaría que haya cucarachas*. Había pequeños trasteros, a los que se accedía por una puerta metálica.
-He hecho dos amigos -comenté bajando del coche- son dos raritos, una es una chica, Beti, Besi, Betsi o como se llame y el otro creo que es Nathe.
-Vaya, me alegro.
-Sí... son majos, aunque están en uno de esos clubs donde hablan sobre cosas sobrenaturales. Já, si ellos supieran.
Los dos nos echamos a reír, resultaba gracioso ver a los mundanos buscar cosas que creían existentes, cosas que si las descubrían, acabarían muertos. No es fácil entablar una conversación humano-vampiro sin que este último acabe degollándolo.
Subí corriendo las escaleras, tan rápido, que una de las vecinas que iba con su chucho, casi se cae al suelo. Me encantaba la cara que ponía la gente cuando pasabas por su lado, levantando una pequeña ráfaga de aire, la cual no tenía explicación. Metí la llave en la cerradura y me tiré corriendo en el sofá. Por fin estaba en casa.
La fachada era de color blanco, escarchada, tenía pinta de ser bastante vieja y desde la mitad, hasta el
suelo, estaba tapizada con una hilera de ladrillos de un color rojo sucio. Entré con cinco minutos de antelación, no quería llegar tarde el primer día, además, estaba muy ansioso por empezar.
-Buenos días jovencito, tú debes de ser el nuevo.
Un hombre mayor, de unos sesenta años, con pelo cano y encorvado por el peso de la edad, salió de detrás de la puerta que parecía dar a la cocina, pues ya se percibían los primeros olores de un horno recién encendido.
-Así es -asentí.
-Muy bien, muy bien, pareces un chico joven. -el anciano no paraba de mover la cabeza de arriba a abajo, mirándome con curiosidad- Yo soy Adriano -dijo con una pizca de acento italiano mientras me tendía la mano- soy tu jefe.
Cogí su mano arrugada y la estreché, no con mucha fuerza, pues me daba miedo hacerle daño. Tenía la piel apergaminada y suave, tan suave que parecía seda.
-Encantado yo soy...
-Blah, blah, blah -el viejo me calló, moviendo la mano espasmódicamente de un lado a otro restando importancia a lo que iba a decir-. Ven que te enseñe el local, muchacho.
*No sé que me va a enseñar, si todo se ve desde la puerta*. Pasamos por entre las mesas redondas de color negro, cinco mesas exactamente *no creo que venga mucha gente*, la ilusión por mi trabajo nuevo iba descendiendo. Me guió por detrás de la barra, que a diferencia de las mesas, estaba bastante sucia, para pasar dentro de la cocina cuando... *wuaaaaau*. Una chica, rubia, con media melena, una camiseta ceñida a su cinturita de avispa metida por dentro del delantal con el nombre de la pizzería. Era guapísima.
-Hija, este es el chico nuevo, se llama.... -el hombre me miró con una interrogación en su rostro- ¿Cómo me dijiste que te llamabas, muchacho?
-Caleb, me llamo Caleb -me apresuré a decir.
No podía apartar los ojos de aquella belleza, era como una musa y se estaba acercando.
-Hola, ¨Caleb, me llamo Caleb¨ -se burló con una sonrisa en sus labios mientras acercaba su rostro al mío para darme dos besos- yo soy Ángela.
No sabía qué contestar, mi mente se había quedado en blanco. Yo quería contestar ¿por qué no era capaz de contestar? *Genial, acabas de quedar como un completo imbécil*. Ya que las palabras se negaban a salir de mi boca, al menos reaccioné a tiempo para corresponderle los dos besos *debe de ser una costumbre italiana*. Al igual que su padre, Ángela tenía ese precioso acento italiano que a Adriano no le sentaba nada bien.
-Esta es mi hija, Ángela, trabajará en la cocina, haciendo los pedidos mientras que tú, te encargarás de atender las mesas -explicó el hombre, dirigiéndose a la salida con un paso torpe y lento- y de las entregas en caso de que haya que hacer alguna.
-Pero.... yo creía que me encargaría de hacer pizzas, la masa y bueno, usted ya me entiende.
-Já.
Eso fue lo último que dijo antes de salir de la estancia. Definitivamente, mis ganas de trabajar se habían esfumado completamente.* ¿Servir mesas? Pero yo no quiero servir mesas*.
-Disculpa a mi padre, a veces es bastante borde, por la edad y esas cosas, ya sabes.
-Sí -asentí mirándola- ya sé.
-Bueno, yo tengo que empezar a pelar tomates y eso, -cogió un par de una cesta debajo de la encimera- te sorprendería lo temprano que alguien puede pedir una pizza o un panini. Tú deberías ir limpiando la barra y las mesas, pronto empezará a llegar gente a comprar el pan. ¿Sabes? también vendemos pan.
-Ya, sí, bueno... -en esos momentos no sabía que hacer- ¿dónde hay una bayeta o un trapo?
-Debajo de la barra tienes una, de color amarillo y allí -señaló a la esquina, al lado del gigantesco horno de ladrillos y cemento con forma abovedada- tienes para humedecerlo.
-De acuerdo.
Ahí acabó la conversación. Me dirigí a coger el spray con un líquido azul en su interior y salí de la cocina. La bayeta estaba un poco pegajosa y bastante asquerosa. No era este el concepto del nuevo trabajo que tenía, desde luego.
-Menuda la que me espera- susurré.
La hora de la comida había llegado y Betsi no se había separado de mi en toda la mañana ¿a ver cómo le explicaba yo, que después de cuatro horas de clases, no tenía hambre?
Nos sentamos en una mesa rectangular, en la fila del centro de la parte izquierda, justo al lado de la ventana, por donde se veía el aparcamiento. Betsi sacó de su fiambrera un sanwitch de, lo que parecía oler, pollo con mahonesa un poco pasada *Iug*. Arrugué la nariz con asco al ver el color marrón del pan, ese color no debería ser normal.
-¿Quieres?- ofreció- es pan integral, por eso el color y lleva pollo y mahonesa.
-No gracias- rechacé- no tengo hambre.
-Como veas- comentó, haciendo un gesto de indiferencia mientras se llevaba la comida a la boca.
-¡Hola chicas!
Un chico, no más alto que yo y de complexión delgada, con un flequillo puntiagudo de color morado que le caía sobre el ojo derecho haciendo que quedase oculto a la vista de los demás, se sentó al lado de mi compañera con aire sonriente.
-Betsi, chica nueva -sonrió.
-Se llama Theressa -contestó la chica con la boca llena- para los amigos: Thess, Thessa, Thessi...
-Sí -asentí- pero como ella dice, para los amigos.
-Oh, lo seremos muy pronto, encantado, yo me llamo Nathe.
-Seh....
Normalmente, cuando llegaba a un lugar solían tratarme como al bicho raro y ahora, que no pretendía conocer a nadie, se presentaban solos, encima me habían tocado estos dos, muy raros, pero parecían majos.
-Oye Bets, ¿vas a venir a la convención de esta tarde? -preguntó Nathe.
-¿Hay esta tarde una convención? -al parecer, por su cara, no tenía ni idea de a lo que el chaval se refería.
-Sí, esta tarde tocan los vampiros ¿fantástico, verdad?
-¿Convención de vampiros? -*genial, encima son de esos frikis que se piensan que los vampiros existimos y que es guay jugar con nosotros*.
-Sí - sacó un yogurt desnatado de su mochila, con una cuchara de plástico, de las de usar y tirar- el ¨grupi sobrenatural¨ nos solemos reunir un par de días a la semana para debatir este tipo de cosas. ¿Quieres venir? Está bastante bien, es divertido.
-Eh... ya -dudé- no lo dudo, pero no creo en esas cosas. Son cosas que se inventan una panda de frikis para pasar el rato.
-¡Eh! ¿Nos estás llamando frikis? -preguntó ofendida Betsi.
-Sí, bueno, sin ofender.
-Ya, claro... -sonrió Nathe.
Observé como comían. Era algo que siempre me había resultado gracioso, los humanos eran los únicos animales que comían sin tener hambre, dormían sin tener sueño y bebían sin tener sed, era algo fascinante. Yo en cambio, solo tomaba dos litros de sangre al día, uno por la mañana y otro por la noche y la comida, cuando me entraba hambre.
Las puertas de la cafetería se abrieron para dejar paso al grupo de jugadores del equipo del instituto. El capitán, *cómo no* iba en cabeza. Cuatro chicos con las mismas sudaderas azules, con rayas blancas a los lados y un gallo con guantes de boxeo en la parte trasera *menuda mascota hortera ¿un gallo? ¿enserio?*. En los otros institutos donde había estado tenían mascotas que aunque cutres, no eran tanto como un gallo con guantes de boxeo, los había visto de leones, pumas, tiburones.... incluso yo formé parte del equipo de animadoras en el de los tiburones, pero... ¿un gallo boxeador?.
-Thsss ¿esa es la mascota del equipo? -no pude evitar reírme a carcajadas.
-Sí, es una horterada -me respondió Nathe sin tan siquiera mirarme.
-Ya te digo -puse los ojos en blanco, en un gesto de aprobación.
-Sí, chicos, estoy de acuerdo con vosotros, pero callaros, vienen hacia aquí -advirtió Betsi.
Así era, los cuatro chicos vestidos de la misma forma, se dirigían hacia nosotros. Uno de ellos, el que iba en cabeza, se paró a mi lado, inclinándose para quedar cara a cara, apoyando sus manos en la mesa. Ni siquiera advirtió que Betsi y Nathe estaban allí. Estos se irguieron en sus asientos, quedándose sin respiración. *Parece que esto no ocurre muy a menudo, a ver qué leches me quiere el gilipollas este*.
-Hola monada, yo soy Derec - me dijo, con una sonrisa de suficiencia.
-Ey.
-¿Eres la nueva no?
-Ajá.
-¿Cómo te llamas?
-Theressa. -Aquél gilipollas no parecía darse cuenta de que me importaba lo más mínimo cómo se llamaba.
-Y ¿qué te trae por aquí?
-¿De verdad? -levanté una ceja, era puro instinto- No sé, ¿tú que haces en un instituto? No, espera, no respondas.- Levanté la mano para callarle antes de que pudiera pronunciar una sola palabra.- No me importa.
-Vaya, es una chica dura -observó un chico moreno detrás de su capitán.
-Sí, así es y estáis molestando a esta chica dura, que está comiendo con sus amigos, a si es que bye.
Nunca me habían caído bien esos tíos, con aires de superioridad que se creen que son lo mejor y que tienen a todas las chicas tras de sí. Este, se volvió a incorporar e hizo un gesto con la cabeza para indicar a su séquito que se marchaban, no antes de dedicarme una sonrisa y decir esa típica frase para ¨quedar bien¨.
-Ya nos veremos.
-Sí, cuidado con la puerta al salir.
Por la cara de extrañado que puso, no sabía a lo que me refería, pero yo sí. Me concentré en la puerta, visualicé cómo se movía hacia dentro y justo cuando Derec iba a salir, la puerta se movió en su dirección pegándole un golpe en la nariz. Toda la estancia comenzó a reírse a carcajadas, otros tenían la boca en forma de ¨o¨, no se podían creer que el chico más popular hubiese quedado tan en ridículo.
-¿Cómo ha pasado eso? -me preguntó Nathe con cara de extrañado.
-¿El qué?
-Le has dicho que tuviera cuidado con la puerta y ¡zahs! la puerta le ha dado con toda la cara.
-Al entrar me fijé que estaba rota.
-No, no está rota- Betsi movía la cabeza de un lado a otro, sin creerse mi comentario.
-Sí, sí que lo está. Bueno, que más da, el caso es que ese capullo ha quedado en ridículo.
-Ni siquiera lo conoces para decir que es un capullo -apuntó Betsi.
-Bets, el hecho de que estés coladita por él, no significa que no sea un capullo, además, he conocido a otros como él.
-¡No estoy coladita por él!
-Oh, sí que lo estás queridísima miga -me respaldó Nathe- sí que lo estás.
Entré en el coche y cerré de un portazo, quería salir de allí cuanto antes, dabía de admitir que para ser el primer día, no había estado tan mal, pero quería llegar a casa, tumbarme en el sofá y meterle una paliza en la Play a Caleb.
-Si vuelves a darle otro portazo así a tu coche, vas a hacer la puerta giratoria.
-Arranca ya, por favor -le ordené poniéndome el cinturón- necesito salir de aquí.
-Mi día no ha sido tan bueno - metió la llave en el contacto, encendiendo así el motor- pero te recuerdo que hoy tenemos una sesión intensa de entrenamiento.
*Mierda, el entrenamiento, ya no me acordaba ¡Joder!* Cuatro veces por semana, Caleb y yo nos entrenábamos. Primero salíamos a correr, él siempre intentaba ganarme, aún no se hacía a la idea de que no se puede adelantar a un vampiro que dispone de súper-velocidad, pero aún así, él lo intentaba. Luego ¨luchábamos¨ un rato y por último yo le enseñaba cómo matar a un vampiro o al menos, a evitar que el vampiro te mate a ti.
-¿No lo podemos dejar para mañana? -supliqué con mis manos unidas, haciendo pucheros- Hoy no estoy de humor para entrenar, bueno, estamos. Tengo un plan mejor, sentarnos en el sofá, tapados hasta las cejas y jugar a la Play hasta que caigamos rendidos. Suena mucho mejor.
-Thess.... -*ahí viene la reprimenda*- Está bien.
-¿Ya? -pregunté confusa- ¿No te haces de rogar? Normalmente tengo que hacerte promesas, que nunca cumplo, chantajearte, utilizar la coerción..
-¿Que? ¿¡Usas la coerción conmigo!? -gritó con cara de pocos amigos- ¡Me prometiste que nunca lo harías!
-Que era broma, relájate -le tranquilicé mirándole con una sonrisa- Además, llevas agua bendita en tu pulsera, sabes que mientras la lleves encima, no puedo hacerlo.
Algo que muchos libros de fantasía tenían de verdad, eran los tópicos del agua bendita y las iglesias, bueno, podía entrar en una iglesia, pero normalmente aquello no acababa bien, a las pocas horas acababa encamada, con sarpullidos por todo el cuerpo y vomitando sangre, algo no muy agradable de ver, pero el agua bendita nos quemaba la piel, era algo temporal, hasta que se nos cura a los pocos segundos, pero un vampiro tampoco puede ejercer el control mental sobre alguien que lleva ese agua sagrada encima.
-Bueno, ¿me vas a contar por qué tu día no ha sido ¨tan bueno como esperabas¨?
-¿Te acuerdas que te dije, que había encontrado un trabajo en una pizzería?
-Ajá.
-Pues trabajo haciendo recados y limpiando mesas.
No pude contener la risa. Caleb, ¿mi Caleb limpiando mesas? Pobrecillo.
-¡Eh!- soltó el volante, ofendido para pegarme un golpe en el brazo.
-¿Qué? -no podía parar de reír- Lo siento, es solo, que me ha ha hecho gracia.
-En fin... y tú ¿qué tal tu día? Parecías enfadada.
Por fín habíamos llegado a casa. Caleb le dio al mando que abría el garaje comunitario para abrir la puerta y poder pasar. El interior estaba oscuro y olía mucho a humedad *no me extrañaría que haya cucarachas*. Había pequeños trasteros, a los que se accedía por una puerta metálica.
-He hecho dos amigos -comenté bajando del coche- son dos raritos, una es una chica, Beti, Besi, Betsi o como se llame y el otro creo que es Nathe.
-Vaya, me alegro.
-Sí... son majos, aunque están en uno de esos clubs donde hablan sobre cosas sobrenaturales. Já, si ellos supieran.
Los dos nos echamos a reír, resultaba gracioso ver a los mundanos buscar cosas que creían existentes, cosas que si las descubrían, acabarían muertos. No es fácil entablar una conversación humano-vampiro sin que este último acabe degollándolo.
Subí corriendo las escaleras, tan rápido, que una de las vecinas que iba con su chucho, casi se cae al suelo. Me encantaba la cara que ponía la gente cuando pasabas por su lado, levantando una pequeña ráfaga de aire, la cual no tenía explicación. Metí la llave en la cerradura y me tiré corriendo en el sofá. Por fin estaba en casa.
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